domingo, 4 de enero de 2009

La tarde del domingo. Impresiones del ciclista anónimo.



Veo una difusa pupila azul, con un iris de negras ramas, desde donde estoy parado.
Escucho como caen algunas piedras, lento rastro de movimientos pasados, mientras un chirrido parpadeante lo acompaña. Aún gira, aún gira tu rueda.
Soy capaz también de ver mis pies, reposando, libres, en el suelo. Doloridas están las piernas, inertes en el camino, moteadas de polvo blanquecino.
Observo, en este aturdimiento, la extraña geometría de mi brazo, ahora con dos codos, que envía a mi cerebro, aún reiniciándose, olas de un dolor nunca sentido. Un dolor que no calma este jarabe que bebo de las fuentes de mis incisivos rotos, que yacen en tierra, semillas estériles de marfil.

Y la veo a ella, recostada, mirándome a poca distancia, muda como siempre, diciéndome: no lo conseguiste, y la culpa es solo tuya.
Cierto, cierto, no me puedo enfadar contigo, era yo quien en este desastroso frenesí te montaba. No tengo derecho a enfadarme.

Pero lo peor es tu triste estado, en el suelo,descuidado. Y cuando te recogen,alarmados, tú preguntas, loco desgraciado:
- ¿Está bien la bici no?

Este texto se lo dedico a mis queridos compañeros que siempre me vaticinan un agradable bautismo. Y A LOS HIJOS DE PERRA QUE NOS DESTROZAN EL MONTE.

(Eva, la foto tiene trampa. No me lo tengas en cuenta).

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