Jagger me decía esta mañana al oído que siempre trataban de desgastarlo haciéndolo arder deprisa.
Decía eso mientras el barro moteaba mis gafas cuesta abajo,
cuesta abajo.
Grace Slick me recomendaba que los dejase ir, y no podía acatar esa orden mientras las ruedas patinaban
en la película de agua que acariciaba el camino, cuesta abajo,
cuesta abajo.
Gram Parsons me narraba que veinte mil carreteras lo devolvían de nuevo al hogar,
y yo seguía sus mismas rutas en una sola trazada, cuesta abajo,
cuesta abajo.
Mi querida Emmy me azuzaba entre acústicos de viejos clásicos, forzando el plato
a apretar los dientes entre los azotes de locos eslabones, cuesta abajo,
cuesta abajo.
Y cuando la gravedad se cambió de bando como la perra traidora que es, Mick se burlaba de mí gritándome que
no encontraba satisfacción, mientras el sol me espiaba entre los barrotes del bosque, cuesta arriba, cuesta arriba.
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